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Por: Jorge Bárcenas

Para quien haya visto ya 12 años de esclavitud, la multipremiada cinta en los últimos Óscares, dirigida por Steve McQueen (Hunger, Shame), la fuerza dramática de esta película no pudo pasar desapercibida, sobre todo por la honestidad de su guión y de las actuaciones, aspectos que le valieron tanto el premio al Mejor Guión Adaptado, como el de Mejor Actriz de Reparto.

El asunto de 12 años de esclavitud es la historia de Solomon Northtup, un afroamericano nacido en libertad en Nueva York, que en 1841 fue secuestrado mediante engaños para ser vendido como esclavo en Louisiana y permanecer allí durante doce años subyugado por distintos terratenientes blancos que se arrogaban el derecho divino de ejercer el poder con el delirio de la violencia.

El guión de John Ridley (U Turn, Tres Reyes) está basado precisamente en las memorias que Northurp escribe tras recuperar la libertad. Siguiendo de cerca el relato autobiográfico del que proviene, el filme prácticamente no abandona la perspectiva de Solomon y ofrece un tratamiento directo al tema, destacando tanto el castigo físico al que son sometidos los esclavos, como la aniquilación psicológica y la pérdida de la identidad del protagonista.

Así, con secuencias que transcurren entre descriptivas fotografías fijas y escenas de duración media, la cinta provoca un alargamiento del tiempo que nos sitúa en el lento tiempo subjetivo del personaje esclavizado. Sin embargo, no obstante el tratamiento directo del tema el filme se permite la inclusión de bellas imágenes del paisaje, hábilmente introducidas en el montaje como una sugerencia del consuelo que el protagonista encontraría en ellas.

Este seguimiento fiel del guión y del montaje al discurso que le dio origen no es la única virtud de la película. La actuación de Chiwete Enjiofor, en el papel protagónico, y de Lupita Nyong’o como Patsi –la compañera de esclavitud de Solomon—, son sumamente convincentes por su moderación ante un asunto cuya representación frecuentemente raya en el patetismo.

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La interpretación de estos dos actores arrastra con la fuerza de sus interpretaciones si bien no deja de captar la atención la violencia que con sus actuaciones logran transmitir Paul Dano y Michael Fassbender, en cuyos papeles, sin embargo, no se profundiza. Fuera de las actuaciones, otro aspecto que destaca en esta producción es la música, que estuvo a cargo ni más ni menos que de Hans Zimmer (El caballero de la noche, El origen).

No hay duda: lo que Steve McQueen logró es una buena muestra que nos adentra en los sentimientos de quien por la violencia pierde su identidad y la seguridad en sí mismo. Con esto nos da una gran oportunidad para conservar la memoria de la raza negra y para repensar si la historia de Solomon no se replica todavía en millones de personas sometidas a algo muy parecido a la esclavitud de muy diversas maneras.

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