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Por: Jorge Bárcenas
Probablemente el lector haya encontrado más de una ocasión la palabra competencias como parte de sus programas. Para los maestros –éste es mi caso- el término de educación por competencias es hoy un lugar común y quizá más de uno lo alucine ya.
Pero, bien a bien, que quiere decir eso de educación en competencias. Hay que comenzar por decir que la palabra competencia, aquel aparece tan reciente, lleva ya algunos años usándose. A mediados de los noventa, en Francia, Guy Le Boterf y Philippe Perrenoud comenzaron a referirse como competencias a los conocimientos de experiencia y de acción que se requieren en el trabajo y que pueden desarrollarse en la escuela. Perrenoud definió el concepto como “capacidad de movilizar varios recursos cognitivos para hacer frente a un tipo de situaciones”. Tal definición que parecería aclarar todo el asunto, implicaba para las varias cuestiones. Primero, que las competencias no son en sí mismas conocimientos, habilidades o actitudes, sino que más bien emplean esos recursos en situaciones específicas. Segundo, que las competencias están basadas en esquemas de pensamiento que permiten determinar y realizar una acción relativamente adaptada a la situación. Tercero, que aunque pueden transmitirse mediante la enseñanza, su aprendizaje depende de la práctica constante en la vida cotidiana.
Así como fue descrito por el educador francés, el término competencias exige la realización de tareas muy concretas por parte de los maestros y los estudiantes. Antes que nada, el modelo por competencias requiere el conocimiento para establecer objetivos didácticos claros, con los que estén alinea dos tanto las evaluaciones como cada una de las estrategias didácticas que se utilicen en el aula. Igualmente, requieren la habilidad de establecer ambientes educativos en situaciones reales y, si esto no es posible, lo más cercano a ellas.
Las dos características antes mencionadas señalan cuán comprometido está el enfoque educativo por competencias con el mercado laboral. Algunos, de hecho, han criticado este enfoque precisamente por la pleitesía que aparentemente le rinde a la globalización. Sin embargo, más allá del hecho de que rinda tributo a un proyecto económico, entre sus virtudes podría estar el potenciar capacidades más que necesarias para trabajar en el mundo contemporáneo, donde las oportunidades laborales se abren y se consolidan para quien muestra, entre otras cosas, iniciativa propia, trabajo en equipo, valores y autorregulación de sus procesos y acciones.
Aun así, hay que tener la cautela de no ponerse triunfalistas apenas escuchemos el término de educación por competencias, porque bajo este nombre a veces se amparan prácticas educativas y administrativas que poco tienen que ver con la traslación de los aprendizajes a contextos reales, como propone este enfoque didáctico. La mejor evidencia para constatar que una persona posee competencias es su capacidad para identificar un problema y utilizar sus conocimientos y habilidades para resolverlo. Por eso, una persona con competencias no es aquella que cuenta con un certificado sino aquella que puede instalar un software, negociar un contrato, desarrollar un proyecto de inversión, escribir una novela o una teoría, prevenir la depresión de un anciano o inventar una tecnología verde. En conclusión, una persona con competencias tiene éstas y muchas otras posibilidades para mejorar la vida de los otros y la suya, quizá la más noble “competencia” de la vida diaria.

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