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Por: Heather Ruark, maestra de primaria en el Instituto Thomas Jefferson, Campus Querétaro

¿No se puede llevar a los alumnos al mundo real todos los días?
¿Por qué no traerles el mundo real a ellos?

Era el último año de la universidad. Estaba sentada en una clase de religión pero mi mente estaba en otras cosas: ¿Qué hacer después de graduarme? ¿A cuál fiesta ir el fin de semana? ¿Con quién verme en la cafetería esa tarde? ¡Qué sueño tenía! Éramos alrededor de treinta y cinco alumnos. Todos estábamos sentados pero no listos para empezar la clase. Todavía no llegaba el profesor. Se escuchó abrir la puerta de atrás y entró nuestro profesor… con una enorme máscara artesanal de gallo. Nadie siguió pensando más en fiestas, comida, amigos o sueño. La pregunta común era: “¿Por qué tiene el Prof. Keith eso puesto?” La lección del día era sobre rituales religiosos, específicamente acerca del uso de gallos en los rituales del vudú de Haití. El mundo real nos había llegado sin salirnos del salón.

Ahora, yo soy la que está al frente del grupo, queriendo preparar a los alumnos para el mundo más allá de las cuatro paredes del aula. También soy mamá de dos hijos con quienes quiero compartir el mundo y sus maravillas. La pregunta clave es: ¿cómo les traigo experiencias del mundo real cuando el tiempo, el espacio y el dinero me limitan?

La logística, permisos y costos para llevar a treinta y cinco alumnos universitarios a Haití, o a veinticinco niños al aeropuerto cuando les toca el tema de medios de transporte, dificultan realizar estas actividades. Entonces, la pregunta es: ¿qué cosas que ya tengo del “mundo real” me pueden servir para la clase de hoy?, ¿cuál es mi máscara de gallo?

Por ejemplo, para el tema del transporte, un colega llevó a sus alumnos los manuales de seguridad de los aviones para los pasajeros que aparecen en el asiento de enfrente. Una de las alumnas, que todavía no sabía leer, estaba cautivada con las imágenes y obviamente quería entender cómo actuar en una emergencia de un avión. La maestra estaba preparando a sus alumnos para el mundo real sin salirse del salón, usando algo que tenía en casa por haber sido aeromoza antes.

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Para una clase de inglés en que debíamos revisar la palabra ostrich, quise hacer algo semejante. Me acordé de que en casa tenía un huevo de avestruz, enorme y vacío, de cuando, en un verano de hace dieciséis años, un amigo me llevó a su rancho de avestruces y sus papás me lo regalaron. Llevé el huevo al salón un lunes y todos mis alumnos tocaron, vieron e incluso lo olieron. Conseguí que veintiocho niños pudieran deletrear y entender la palabra ostrich, pero (más importante) que entendieran cómo es el huevo de un avestruz.

Extendamos la filosofía de traer el mundo real a los alumnos. Un maestro sabe que no puede ser experto en todo, menos ahora cuando los alumnos tienen todas las posibilidades de conseguir la información de la clase vía Internet. Reconociendo que no somos los expertos en todos los temas que damos, nos enfocamos más en cómo damos los temas, cómo motivamos a los alumnos y cómo facilitamos el proceso de aprendizaje.

Con esta realidad en mente, he invitado expertos al salón de clases. Por ejemplo, en septiembre estudiamos los sentidos (específicamente la vista), y para eso invitamos a una oftalmóloga para que nos diera una explicación y también convivimos con alumnos ciegos por un día. Cuando nos tocó el tema de la polinización, en la clase de ciencia, vino un apicultor con una jarra de abejas vivas. Para el tema de la comunicación, en este caso en la radio, invitamos a un locutor de una estación queretana. Los alumnos conocieron personas del mundo real y todo ocurrió sin salir del colegio.

Las posibilidades de llevar el mundo real al salón no tienen fin. Los beneficios son claros: tendremos niños más conscientes del mundo en el que están creciendo, más preparados para enfrentarlo y más interesados en aprender de todo a su alrededor.

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